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Los estímulos visuales


El color del vino es la primera sensación que recibe el catador. Aunque muchas veces se le presta poca atención, es una fuente de información muy importante: nos orienta sobre el tipo de vino que catamos, ya que con los ojos tapados o en copa negra, a veces es difícil distinguir un vino blanco, de un rosado, o de un tinto ligero (sobre todo si la temperatura es un poco elevada).

También nos indica la edad del vino y su estado de conservación.

Por lo tanto, es muy importante tener buena iluminación, fondo blanco y copas adecuadas.

Hoy en día, las bodegas están dotadas de grandes avances tecnológicos (filtros, clarificantes, embotellados amicróbicos...), por lo que resulta inusual que un vino presente defectos a la vista. Cuando éstos se presentan, podemos estar ante una botella mal conservada.

No hay que confundir el color oxidado y turbio de un vino defectuoso con la presencia de un ligero poso que se elimina decantando la botella.

Las fases por las que pasa el análisis visual son las siguientes:

  • Examen de la limpidez. Lo realizamos mirando el disco de arriba a abajo y lateralmente. Debe estar brillante, sin objetos flotando ni velo que lo nuble. Si elevamos la copa y la miramos al trasluz, el vino ha de mostrarse transparente, cristalino y sin copos flotando. De lo contrario, diremos que está lechoso, turbio o velado.
  • Apreciación del color. El análisis del «vestido» lo realizaremos inclinando ligeramente la copa con el fin de determinar.
    • Intensidad o cantidad de color (que es lo que en los tintos denominamos “capa”). Es una manifestación del carácter tánico, por lo tanto, de la estructura, ya que los mismos componentes del vino intervienen en los dos casos. Tampoco hay que presuponer que un color intenso equivale a un gran vino, ya que simplemente puede reflejar una riqueza tánica excesiva y de carácter rústico. De la intensidad diremos que es ligera, sostenida, intensa, profunda...
    • Matiz o descripción del tipo de color (granate, picota, cereza, rubí, teja, ladrillo...)
  • Examen de la efervescencia (vino tranquilo, perlado, petillante o espumoso, persistencia y tamaño de la burbuja, etc.)
  • Fluidez y lloro. Es el último de los exámenes visuales. El catador inclina ligeramente la copa y le imprime un movimiento circular con el fin de que el vino se extienda por todas las paredes. Al escurrir a lo largo de la copa, el vino forma las lágrimas o «piernas». En principio, un vino que llore será mejor que otro que no lo haga, pero esto requiere muchas matizaciones.
    El lloro está ligado al contenido en alcohol y extracto seco del vino, no siendo estos parámetros necesariamente positivos. Cuando un vino manifieste un lloro deficiente, le aplicaremos los términos de acuoso, líquido o fluido; en caso contrario: untuoso, graso, glicerinado, que hace lágrimas, con buenas piernas.
    Una última matización al respecto: muchas veces lavamos las copas en el lavavajillas. Esto implica un último enjuague con abrillantador, con el fin de evitar las manchas de agua en la cristalería. Pues bien, estos restos de abrillantador impiden que la lágrima se desarrolle en la copa. Será necesario lavar las copas con agua y secarlas con un paño de hilo (que no deje pelusa) para poder apreciar el lloro en todo su esplendor.


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